EL VERDADERO PRECIO DE LAS NUBES

Hace ocho meses abandoné mi hogar para emprender una nueva aventura. Dejé atrás a mi familia, a mis amigos, a mi pareja y a mi mascota. También dejé atrás este blog, para dedicar mi tiempo libre a contaros mis aventuras a través de mi canal de Youtube. Y desde entonces he estado intentando encontrar el post apropiado para retomar el blog y desahogarme un poco de vez en cuando.
Creo que es el momento. Después de ocho meses, podría decirse que me estoy empezando a sentir como en casa y mi mente empieza a estar algo más despejada y lista para escribir lo que está pasando en mi vida.

Desde que acabé mis grado y cambié Granada por la vida de azafata de vuelo, no dejan de llegarme mensajes de familia, amigos y conocidos preguntándome qué tal me va por estos lares. La mayoría de esos mensajes siempre incluyen un “qué suerte tienes”, o “cuántas historias tendrás para contarle a tus hijos”, “ser azafata siempre fue mi sueño”, “vivir en Dubai debe ser alucinante”, o un “te envidio por poder visitar tantos lugares nuevos”.
Es cierto. Vivo en una ciudad increíble y estoy cumpliendo mi sueño, que siempre ha sido poder viajar por todo el mundo. Pero la realidad es que trabajar sobre las nubes no es como todos pensáis, y aquellos que trabajamos lejos de casa para grandes aerolíneas internacionales pagamos un alto precio por esta vida que a primera vista parece tan fácil y perfecta. Por eso, si conocéis a alguien que se dedica a este mismo oficio, me gustaría que leyerais lo que os voy a contar. Porque tal vez os haga cambiar de opinión y la próxima vez que habléis con esa persona, en lugar de envidiarle o repetirle la suerte que tiene, reconozcáis el gran esfuerzo que ha estado haciendo todo este tiempo.

Cuando cambié mi vida de estudiante por la de azafata de vuelo, sabía que me esperaba un camino lleno de baches. Llegué a Dubai después de un vuelo de 7 horas con mi vida reducida a tres maletas y un pasaporte, y fue el día más agridulce de mi vida. Acababa de despedirme de mi hogar y de todas las personas importantes de mi vida, a las que no iba a volver en mucho tiempo, para vivir en un país en el que nunca había estado y en el que no conocía a absolutamente nadie. Empezar un trabajo del que no sabía qué esperar y vivir en un piso con completos desconocidos.

Aterrizamos a las 7 de la mañana un caluroso miércoles del mes de Julio. La temperatura superaba con creces los cuarenta grados en aquella época, por lo que pasamos un verano entrenándonos un tanto duro. Buscábamos la sombra pegándonos a las paredes y corríamos al bajarnos del autobús para respirar el aire acondicionado del centro comercial. El aire nos quemaba la cara y la humedad pegaba las camisetas a nuestra espalda.
Durante los dos primeros meses de entrenamiento, nos levantábamos a las 4 de la mañana y volvíamos a casa después de almorzar. Empecé a tener problemas para dormir, me acostaba pasada medianoche y pocas veces dormía más de cuatro horas. Me dormía en clase y al llegar a casa no encontraba la forma de cerrar los ojos.
Apenas comía, y tres semanas después de empezar, me pesé para descubrir que había perdido cinco kilos. Empecé a sentirme tan abatida que me propuse empezar a descansar, comer como debía e ir al gimnasio para mantenerme con energía.
Durante las semanas restantes del entrenamiento, conseguí comer algo mejor y visité el gimnasio religiosamente día sí y día no. Pero aún así, todavía seguía cansada y mi índice de masa corporal por debajo del límite de lo sano. Echaba de menos a mi familia y no paraba de pensar en qué ocurriría cuando empezase a volar si ni siquiera era capaz de mantenerme en forma durante el entrenamiento, pero aún así, en mis estados de Facebook y mis conversaciones por Skype, siempre les puse mi mejor sonrisa, porque confiaba en que podría cuidar de mí misma y todo saldría bien. Negaba con la cabeza cuando mi abuela me decía que parecía más delgada y les contaba lo bien que lo estaba pasando con mis nuevos amigos.

El comienzo fue muy fácil. La curiosidad y la emoción me mantenían despierta. Recuerdo mi primer vuelo a Londres; sólo había dormido tres horas pero pasé todo el vuelo correteando por los pasillos del avión, y después de nueve horas en oficio, al llegar al hotel aún me sentía llena de energía para visitar la ciudad. Después del primer o el segundo mes, llegó el bajón de energía, y desde entonces estoy en lo que llamo, medio bromeando pero medio en serio, el modo zombie.

Cuando tienes un trabajo con horarios tan irregulares, tu ciclo del sueño se puede ver muy afectado. Pero cuando este trabajo además incluye viajar a través de múltiples zonas horarias y realizar un gran esfuerzo físico, tu ciclo del sueño se puede ver, digamos, demasiado afectado.
Pongamos un ejemplo: Hace poco llegué de un vuelo a Singapur. Tuve que estar lista en el aeropuerto a la 1 a.m. (hora local). No iba descansada al vuelo porque esa mañana me había despertado a las 11 a.m. Llegué a Singapur a las 14:30, que son las 10:30 en Dubai, 24 horas después de haberme despertado. Pero claro, llegué al hotel a las 4 de la tarde, y esas no son horas de ponerse a dormir (al menos no si quiero ver la ciudad y poder dormir por la noche)… pero estoy tan cansada que decido echarme una siesta de, digamos, 2 horas y media, ya que me encontraba bastante mal. Salgo a ver la ciudad y cuando vuelvo… ¡sorpresa! No soy capaz de volver a dormir hasta las 5 de la mañana (1a.m. en Dubai). Esto significa que, habiendo dormido solamente 2 horas y media en un periodo de 38 horas, mi cuerpo no estaba preparado para dormir.
Y esto es sólo un ejemplo. Ni hablar de lugares como San Francisco, donde la diferencia horaria es de 11 horas, y despegas a las 7 de la tarde para aterrizar, después de 14 horas de trabajo, a las 7 de la tarde… ¡del día siguiente!
A veces, si tengo suerte, llego de trabajar a las 3 de la mañana. Otras, esa es la hora a la que me tengo que despertar. Después de estos agotadores cambios de rutina, pierdo constantemente la energía y la noción del tiempo. Sé que ir al gimnasio me ayuda, pero ya apenas tengo fuerzas para correr en mis días libres, y cuando lo hago, apenas logro correr más de 10 minutos sin agotarme o empezar a tener calambres en las piernas.

¿Sigues envidiando a los tripulantes de cabina? Pues espera, porque esto no termina aquí.
Como dos veces al día, a veces solamente una, y cocinar se convierte en un apocalipsis. No hay comida en la nevera cuando vuelvo de un viaje, así que hay que salir a comprar e intentar consumirlo todo antes del siguiente vuelo para que no se pudran los alimentos en la nevera. Pero durante los vuelos, picar y consumir comidas precocinadas es lo más normal, y ahora, en lugar de 5 kilos por debajo, estoy 5 kilos por encima de mi peso habitual.
Nunca sé a qué día estoy, y paso los días enteros en mi casa en una especie de estado letárgico, tirada en el sofá con mi móvil y un triste bol de noodles, editando vídeos o viendo episodios de True Blood e intentando recuperar un poco de energía. Pero me acuesto de madrugada y, por muy cansada que esté, cuando consigo cerrar los ojos ya está amaneciendo.
Cada día me miro las piernas para encontrar nuevas varices y marcas que van apareciendo después de tantos cambios de presión. Mis uñas ya no crecen sin romperse antes, mis ojeras son permanentes y mis manos están siempre secas. El maquillaje y los moños apretados me están destrozando el pelo y la piel, y los zapatos de tacón ya me han dado problemas de rodilla y espalda. A veces me pregunto, ¿de verdad es éste el precio que hay que pagar?

Cada vez que me miro al espejo siento que he envejecido 5 años en unos pocos meses, pero si algo he aprendido es que nada es gratis en la vida. Y si éste es el precio que he de pagar por cumplir un sueño, estoy dispuesta a negociarlo. Al fin y al cabo, sólo llevo aquí ocho meses y la recompensa es demasiado grande para dejarla pasar. He conocido a personas maravillosas que están viviendo lo mismo que yo, he aprendido infinidad de cosas y he visitado lugares increíbles. He explorado los templos de Asia, he buceado con tiburones, he subido al edificio más alto del mundo, he acariciado leones en África y koalas en Australia, he ido de compras por Londres y he visto nevar en Nueva York… aunque todo eso ya os lo contaré otro día. Lo que os quiero decir es que no me quejo, simplemente necesitaba desahogarme y que entendieseis lo que realmente significa trabajar en el mundo de la aviación.
Últimamente estoy como en casa, y aunque hay días que mataría por estar con mi familia, cada día que pasa empiezo a sentirme de nuevo un poco mejor. Estoy cien por cien segura de que poco a poco seguiré adaptándome a estos cambios y recuperando mi energía. No es fácil, pero merece la pena… así que, la próxima vez que le escribas a ese amigo o amiga que se hizo azafat@ de vuelo, no olvides reflexionar un poco primero, y sobretodo seguir apoyándole y recordarle que… merece la pena.

Golden Gate

¡Felices viajes!

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9 comentarios

  1. hola, me llamo luisa y tengo 16 años, el otro año ya es mi graduación y después de esto quiero ser una gran azafata, he leído todo lo que dijiste pero aun así no me rindo de mis sueños, y luchare por alcanzarlo…

  2. me gusta tu blog e aprendio mucias cosas gracias por estar con nosotr@s .Y animate y disfruta todo eso qe es una buena oportunidad qe muci@s le gustarian estar en tu lugar y un consejo qe te puedo dar cuidao qe tengo intendio qe miran todo lo qe publicas y han eciao jente por eso un besooo y qe tengas mucios vuelos agradables

  3. Hola .me llamo Mariana.
    Soy de Argentina.
    Me encantó tu post. Lo encontré luego de ver tu video por youtube.
    Yo quiero ser azafata de vuelo. Pero aqui solo puedes ingresar a una aereolinia si tienes el curso de tcp. Ya estaba por decidir estudiar algun otra carrera. (Es que aqui los cursos no son muy baratos que digamos, y tenia muchas dudas hacerca de como será) Cuando ví tu video y me inspiró. Gracias.
    Saludos desde SudAmerica ojala lo conoscas algun día y te gusten nuestros paisajes.

  4. HOLA
    realmente esta es tu vida y te felicito te admiro mi sueño es este y quiero lograrlo a penas comenzare mi preparación en la secundaria pero lo que puedo decirte es gracias porque me haz transmitido tu conocimiento y me haz hecho admirarte demasiado…
    ES DIFICIL PERO NO IMPOSIBLE.

  5. Estoy totalmente convencida de que si es mi sueño, tengo q pagar el precio… Gracias por hacerlo mas real y aún así no sentir que lo quiero abandonar….

  6. Hola Ana,mi nombre es Lourdes mi mas grande sueño siempre fue el ser azafata de vuelo y una de mis metas es ingresar a Emiratos Arabes, al leer tu post me di cuenta de muchas cosas aunque había escuchado todo lo que escribiste por experiencia de otras personas nunca me imagine sentirlo tanto leyendo tu post me emocione al punto de derramar lagrimas, como dices “Este es el precio que he de pagar por cumplir un sueño, estoy dispuesta a negociarlo.” Estoy mas que seguro que ese el camino que tengo que seguir y se que ese camino es demasiado largo pero sabes, me inspiraste para lograrlo en un futuro. Te deseo lo mejor y sigue adelante un fuerte abrazo.

  7. Cariñio! Me alegro muchísimo de que estés haciendo lo que verdaderamente te gusta y sobre todo que lo compartas, ya que haces que te sintamos mas cerca :). Gracias, porque haces que vea que aunque el camino no es fácil, se puede conseguir lo que uno se proponga con esfuerzo!!!! MUCHA SUERTE (KKK)

  8. Mucho ánimo, Ana. Disfruta del tiempo que dure esta aventura. Seguro que esta experiencia te hace más sabia, y más fuerte.
    un beso

  9. Tu esfuerzo y sacrificio tendrán su recompensa y la satisfacción intima de la tranquilidad de hacer lo correcto, has de estar orgullosa, muy orgullosa y sigue tu sueño..

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